martes, 20 de mayo de 2014

Leyes Espirituales

AMOR VS EGOÍSMO 2º PARTE


AMOR VS EGOÍSMO 2º PARTE


¿Y cómo puedo distinguir, por ejemplo, si tengo un conflicto con una determinada persona, cuándo esa persona sufre por su propio egoísmo o por una actitud egoísta mía?
Ponte en el lugar de la otra persona y analiza cómo te sentirías en su lugar y qué querrías tú en su situación. Si cambias tu decisión como receptor de una acción respecto a lo que tenías pensado hacer como emisor o ejecutor de esa misma acción, es que había algo de egoísmo e injusticia en tu actitud. Si mantienes la misma postura como receptor y como emisor, estás más cerca de ser justo. De todas maneras, usualmente suele ocurrir que hay una mezcla de todo, es decir, que hay actitudes egoístas en ambas partes, con lo que a cada uno le corresponde rectificar su parte de actitud egoísta, pero mantenerse firme en lo que no lo es, y no ceder frente a las actitudes egoístas de los demás. Al final todo se resume en la máxima “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran ti”, y “lucha para que los demás no te hagan a ti ni a los que dependan de ti lo que sabes que es motivo de sufrimiento y una vulneración de la voluntad”.

Necesito un ejemplo para entenderlo mejor.
Vale. Te pondré un ejemplo. Imagina una madre que le pega al hijo como forma de educarle porque, según ella, es la forma en que el niño obedece, sin tener en cuenta el dolor físico y psicológico que le puede estar causando. Si realmente está convencida de que su actitud es la correcta, entonces no tendrá ningún problema en admitir que a ella le pegue su marido y que para justificarse éste utilice los mismos argumentos que utiliza la mujer respecto al hijo. Pero resulta que como a todo el mundo nos hace sufrir que nos pequen, seguramente esta mujer se quejará amargamente de su situación con el marido y, por supuesto, no estará de acuerdo en que su marido le continúe pegando, ya que sufre terriblemente por ello. Esa madre deberá caer en la cuenta de que si sufre porque su marido le pega, también su hijo debe estar sufriendo en la misma medida cuando ella le pega, y si quiere ver la realidad y aprender de ella llegará a la conclusión de que el hecho de pegar está mal en sí mismo, porque provoca sufrimiento, y no hay motivo que lo justifique. ¿Cuál es la solución para esta mujer? Renunciar al uso de la violencia contra su hijo, porque de esa manera vence su propio egoísmo, su afán de doblegar por la fuerza la voluntad de otro ser más vulnerable y, al mismo tiempo, luchar por liberarse de la opresión del marido agresivo y egoísta que vulnera violentamente su propio libre albedrío. Si el agresor sufre al perder a su victima no es porque la víctima le esté haciendo daño, sino porque no quiere renunciar a su egoísta deseo de doblegar por la fuerza la voluntad de otro ser.

Antes has dicho que no hay que sobreesforzarse en complacer a los demás. Esto parece una contradicción porque ¿acaso cuando quieres a una persona no intentas complacerla en todo para que se sienta feliz?
Es un gran error creer que a una persona se la quiere más cuanto más se la complace, y es la gran trampa en la que cae mucha gente bienintencionada. A una persona a la que se quiere hay que intentar ayudarla, comprenderla y respetarla, antes que complacerla. Es importante saber la diferencia entre complacer y ayudar, porque puede ocurrir que cuando complaces a alguien, en vez de ayudarle, le estés perjudicando, si lo que complaces es su egoísmo. Y te perjudicas a ti mismo si cuando complaces sometes tu voluntad al egoísmo de otra persona, perdiendo tu libertad.

¿Y cómo distinguir entre ayudar y complacer?
Cuando una persona se carga sobre las espaldas las pruebas o circunstancias que le corresponde superar a otra, se le complace y no se le ayuda, ya que impides que se ponga a prueba en sus capacidades, contribuyendo a su estancamiento espiritual. La auténtica ayuda consistiría en apoyar y alentar a la persona para que resuelva ella misma sus pruebas o circunstancias, y así pueda avanzar.

¿Me puedes poner un ejemplo que aclare la diferencia entre ayudar y complacer?
Sí. Imagina dos niños de la misma clase a los que el profesor manda deberes escolares para casa. Para ambos niños resultan un tedio los deberes porque prefieren pasar todo el tiempo jugando, e intentan eludirlos. Imagina que el padre del primer niño, para evitarle el fastidio al hijo y que éste no se enfrente a la tesitura de llevar los deberes al colegio sin hacer, decide realizarlos él mismo en lugar de su hijo, mientras éste sigue jugando tranquilamente. El segundo padre opta por sentarse con su hijo y ayudarle a que sea el mismo niño el que los realice, aunque eso signifique que éste deje sus juegos durante un rato. El primer padre es el que complace, porque realiza las tareas que el hijo considera tediosas, pero no ayuda, ya que los deberes de casa son una circunstancia que corresponde pasar a su hijo, y que es necesaria para su aprendizaje. Este padre está contribuyendo a que su hijo se vuelva perezoso, dependiente y caprichoso, y que para cualquier circunstancia busque que sean los demás los que le resuelvan sus problemas. El segundo padre no complace, porque se expone con su actitud a un posible ataque de cólera del hijo que no quiere interrumpir su juego, pero sí le ayuda, ya que contribuye a que el niño aprenda y asuma sus responsabilidades.

¿Entonces está mal complacer a una persona querida?
No siempre. Sólo si cuando complaces lo haces a costa de perder tu libertad y/o contribuyes a que la otra persona se estanque espiritualmente, cuando le substituyes en pruebas que le corresponde a ella superar.

Volviendo al tema del orgullo, ¿qué avances ha logrado el espíritu después de superar la etapa del orgullo?
El espíritu se siente más seguro y consciente de sus sentimientos, y de que debe vivir conforme siente para ser feliz. Tiene menos miedo a mostrarse tal y conforme es. Por ello, es más abierto, más alegre, más espontáneo, más libre, con menos barreras hacia los sentimientos. Se encierra menos en sí mismo. Encaja mejor la ingratitud. Es más comprensivo con los demás. Se le despierta menos el rencor y la rabia porque se sobreesfuerza menos en complacer, es decir, se deja absorber menos y no permite que le esclavicen fácilmente. Espera menos a cambio del amor que da. Está más abierto a percibir el amor de los demás hacia él, y más abierto a dar el amor que lleva dentro a los demás. La afectan menos las circunstancias negativas y aprecia mejor y disfruta de las positivas.

¿Qué es lo que marca entonces la transición entre la etapa del orgullo y la siguiente de la soberbia para considerarlo como dos etapas distintas?
El orgulloso es capaz de dar y recibir amor pero se reprime de ambas cosas por temor a sufrir y para ello crea una coraza antisentimientos a su alrededor. Esa coraza antisentimientos es el orgullo. La eliminación casi
completa de esa coraza marca la transición a la etapa siguiente.

Bueno, parece que estemos llegando al final del camino hacia el amor incondicional, ¿no?
Todavía no. Que el espíritu se haya liberado bastante de sus represiones, de sus miedos, que encaje mejor ciertas actitudes negativas, como la ingratitud, no significa que lo tenga completamente superado. El espíritu que ha superado el orgullo todavía ha de superar una forma de egoísmo más sutil, un orgullo avanzado: la soberbia.

¿Podrías exponer lo que es la soberbia y qué la caracteriza?
La soberbia es la falta de humildad, un exceso de lo que llamáis incorrectamente “amor propio”. Las dos asignaturas pendientes principales que le quedan al espíritu para superar en esta etapa son la falta de humildad y el apego, o dificultad en compartir el amor de los seres amados. El soberbio se cree muy seguro de sí mismo, que no necesita de los demás, que es autosuficiente para todo. Aunque suele estar dispuesto a ayudar a los demás, raramente pide ayuda para sí mismo, aunque realmente la necesite, porque su defecto le hace creer que pedir ayuda es síntoma de debilidad. Por ello se cubren ante los demás. Suelen ocultar sus necesidades, sus debilidades, sus defectos, sus bajadas de moral, para que nadie les note cómo están, para que nadie les diga, ¿te ocurre algo, necesitas ayuda? Y si alguien les nota algo, se ponen nerviosos, se enfadan porque les cuesta admitir que no son autosuficientes. Es decir, se les manifiesta la desconfianza, la ira y la arrogancia. Aunque el soberbio es menos susceptible que el orgulloso y se siente menos herido cuando se le trata con ingratitud, es calumniado o se siente engañado, también se le despierta la ira y la arrogancia en estas situaciones, así como en aquellas que no puede solucionar conforme a sus planes.

Por ejemplo, cuando recibe el desprecio o la burla de alguien al cual está intentando comprender o ayudar, se le despierta la ira y la arrogancia, y puede dar contestaciones como "tú no sabes quién soy yo", “¿cómo te atreves?" o "¿quién te has creído que eres para hablarme así?".
Esta dificultad en encajar la ingratitud y la calumnia, por falta de humildad, le lleva a clasificar, a prejuzgar y a tratar de forma desigual a los demás. Si no es capaz de reconocer su propio defecto y superarlo, la desconfianza se apoderará de él a la hora de atender a las personas que se le acerquen pidiéndole ayuda. Sus prejuicios le pueden llevar a sentir reparo frente a ciertas personas y decidir no ayudarles en la medida de sus necesidades, sino en función de la desconfianza, el miedo o reparo que se siente hacia ellas, no siendo justo y equitativo.
Aunque el soberbio se crea autosuficiente, la realidad es que necesita amar y también sentirse amado para ser feliz, como todo el mundo, aunque le cueste reconocerlo. Por ello, su fachada de autosuficiencia se desmorona cuando se siente inseguro en los sentimientos. Ese temor a perder el amor que creía seguro le hace sentir desconfianza, tristeza, desesperación e impotencia. Y esto le ocurre porque todavía sufre de apego, tiene dificultad en compartir el amor de los seres amados.

Bueno, me parece una reacción bastante normal. ¿Acaso no nos ocurre a todos que tenemos miedo a perder el amor de los seres queridos?
Si hubiera llegado a experimentar al amor incondicional ya no sufriría de apego, ni tendría temor por nada, porque sabría que el autentico amor no se pierde jamás.

¿Y cómo se supera la etapa de la soberbia?
Nuevamente amando, comprendiendo y evitando actuar conforme el defecto quiere. La soberbia disminuirá en la misma proporción en la que el espíritu desarrolle la humildad y el desapego, y ambas cualidades se desarrollan con la práctica del amor al prójimo, a través de la ayuda sincera y desinteresada a los demás. Si el soberbio, por temor a sufrir decepciones y humillaciones, se inhibe de dar la ayuda que está capacitado para dar, está dando alas a su defecto, y se estancará.
Pero si vence sus temores y sus prejuicios, y se deja llevar por lo que siente, avanzará.

¿Y cuál es el origen del egoísmo desde el punto de vista evolutivo? Es decir, ¿en qué momento de la evolución de un espíritu aparece el egoísmo?
El egoísmo es una prolongación del instinto de supervivencia animal y comienza a aparecer en el momento en que el espíritu comienza a decidir por sí mismo, a experimentar con su libre albedrío. El espíritu que entra ya en la fase humana de la evolución acaba de estrenar su capacidad de libre albedrío. Aunque ya muestra un desarrollo incipiente de la inteligencia, debido a su escaso desarrollo emocional, sus decisiones todavía están muy influidas por los instintos, entre los cuales domina el instinto de supervivencia. La evolución pasa por independizarse totalmente de los instintos, y buscar un camino propio, decidido por su voluntad, a través del aprendizaje del sentimiento.

¿Podrías ampliar tu respuesta?, porque no acabo de entenderlo.
Claro. Cuando el espíritu comienza a ejercitar su recién adquirido libre albedrío, lo hace a partir del instinto, que es una especie de programación biológica que recoge el conocimiento adquirido por el protoespíritu durante la fase de evolución en el reino animal, y que es el germen a partir del cual se desarrolla la voluntad independiente del ser.
Es como una configuración por defecto, un programa que le permite tomar decisiones automáticas sobre cuestiones sobre las cuales todavía no tiene capacidad suficiente para decidir por sí mimo. Es como un piloto automático, que le corrige la ruta cuando todavía no sabe pilotar, y le permite experimentar el pilotaje sin estrellarse mientras todavía está aprendiendo a controlar los mandos de la nave. Entre estos instintos está el de supervivencia, que es como un programa que impulsa al espíritu encarnado a buscar alternativas para evitar la extinción de la vida física en cualquier tipo de circunstancia, por muy adversa que ésta sea, y el instinto sexual, necesario para la continuación de la especie. Ocurre que, al mismo tiempo, el espíritu se siente insatisfecho porque siente un impulso nuevo y desconocido de alimentar sus incipientes necesidades emocionales y, debido a su ignorancia en los sentimientos, cree equivocadamente que lo puede hacer saturándose en la satisfacción de sus instintos, que es lo que ha hecho siempre, empleando su inteligencia en ese fin sin tener en cuenta el daño que pueda hacer a otros seres.

Conforme lo cuentas parece que la existencia del egoísmo sea algo inherente al desarrollo evolutivo.
Que el espíritu, en su camino hacia la perfección, pase por una fase egoísta, más o menos prolongada en el tiempo, que puede durar multitud de encarnaciones, es en realidad inevitable, e incluso beneficioso, porque le sirve para reafirmar su individualidad, su voluntad y para poder experimentar lo que se siente en ausencia de amor, lo que le servirá para apreciar lo que se siente en presencia de amor, a medida que empiece a sentirlo.
Por ello, las primeras manifestaciones del egoísmo en la primera etapa, que llamaremos de vanidad primaria, en la que se encuentran los espíritus jóvenes, son básicamente materialistas, orientadas a la satisfacción de los instintos más primitivos. Se despierta la codicia, la avaricia, la lascivia, que se manifiestan en actitudes como el materialismo y el consumismo, el hedonismo y, a nivel colectivo, en el imperialismo y el colonialismo, es decir, la explotación de otros seres por la ambición de poder y riqueza materiales. Es la etapa que todavía predomina en vuestro planeta, porque una buena parte de la humanidad todavía se encuentra inmersa en esta etapa de adolescencia espiritual.
A medida que el espíritu avanza en el conocimiento de los sentimientos, este egoísmo materialista comienza a transformarse en egoísmo espiritual. Es una fase de vanidad más avanzada.
En esta etapa el espíritu continúa aferrándose al egoísmo, pero al mismo tiempo ya ha comenzado a desarrollar el sentimiento. Aunque todavía es reacio a dar, es capaz de reconocer la presencia de amor y el bienestar que produce, y busca recibirlo. La avaricia se va transformando en apego y la codicia en absorbencia. Pero esto no se da de la noche a la mañana sino que se produce gradualmente, existiendo una fase de transición, una vanidad media, en la que coexisten todas estas manifestaciones egoístas (codicia, avaricia, apego y absorbencia) en diferentes grados y que es la que predomina en la Tierra actualmente. Puede costarle al espíritu miles de años desprenderse sólo de alguna de estas formas de egoísmo. Pero a partir de determinado momento, cuando el espíritu comienza a adquirir conciencia de su egoísmo y de que al dejarse llevar por él está dañando a otros seres, es ya más responsable de sus actos, y por tanto más sensible al sufrimiento que genera. Y entonces, en algún momento de ese proceso, el espíritu despertará su sentimiento, sentirá la necesidad de amar y descubrirá que necesita amar para ser feliz.

¿Qué ocurre entonces?
Que comienza la lucha por el amor. Se inicia la etapa del orgullo. En esta etapa el espíritu comienza a buscar, no sólo recibir amor, sino también darlo, pero encontrará gran multitud de obstáculos. Comienza a percibir, a ser consciente, a vivir en carne propia lo que es la incomprensión y la ingratitud. Y es que ocurre que la mayoría, las tres cuartas partes de la humanidad, todavía se encuentran inmersas en alguna de las fases de la vanidad. Están cosechando todavía el fruto de su etapa anterior, y no entienden qué está pasando. Parece que el mundo se haya vuelto contra él y contra su voluntad de mejorar, de amar y de ser amado. Si sucumbe al desaliento emocional, el egoísmo volverá a tomar fuerza en su mente. Para evitar que hieran sus recién descubiertos sentimientos, cubrirá con una capa su interior. Se volverá desconfiado, huraño, solitario, porque verá en el aislamiento una salida para evitar el sufrimiento. También para evitar sufrir puede tomar el camino de la resignación. Se amoldará a lo que los demás esperan de él, para evitar agresiones de espíritus más egoístas. Comienza a gestarse la peor enfermedad espiritual que existe y que es la causante de una buena parte de enfermedades físicas graves: la autoanulación de la voluntad, del libre albedrío, hasta el extremo de llegar un momento en que el espíritu no actúa ni vive como es en realidad, sino que es un perfecto esclavo espiritual de su entorno, que llega incluso a creerse que quiere lo que en realidad le ha sido impuesto. Pero de este modo se sufre por no querer sufrir, y este es un sufrimiento estéril que no conduce a ningún progreso espiritual. En esta etapa del orgullo se encuentra casi una cuarta parte de la humanidad. La transición entre la etapa de la vanidad y la del orgullo tampoco se produce abruptamente sino que el proceso será gradual, de forma que coexisten manifestaciones de ambos defectos durante bastante tiempo.

¿Y cómo continúa esta historia? ¿Cómo se supera esta etapa?
Amando, siempre amando. Sólo el amor romperá la coraza del orgullo.
Como ya he dicho, el orgulloso tiene mayor capacidad para comprender y saber encajar mejor la ingratitud de aquellos que le hicieron daño que el vanidoso; para comprender que los que actúan egoístamente y con escasez de amor simplemente es porque todavía son espíritus jóvenes, en proceso de evolución, y que con el tiempo aprenderán, aunque necesiten de muchas vidas, porque el aprendizaje del sentimiento y el desprendimiento del egoísmo son procesos que necesitan de mucho tiempo para ser apreciables. Por el hecho de que no veamos cambios notables en una sola vida no quiere decir que el espíritu no vaya a avanzar. El que es bueno en esta vida, es porque ya nació bueno, con todo el bagaje de conocimiento de otras vidas, y aunque se pueda avanzar mucho en una encarnación, no podemos exigir que alguien pase de ser un pirata a un santo de la noche a la mañana. Si no os desesperáis porque un niño no aprenda a hablar en un sólo día, porque comprendéis que el aprendizaje del habla le cuesta al niño varios años de su vida física, no debéis impacientaros tampoco porque un niño espiritual tarde varios años espirituales, es decir, varias encarnaciones, en aprender a amar. Por ello, el espíritu que es más avanzado en el conocimiento de los sentimientos no puede pedir a otro que lo es menos que llegue a alcanzar su mismo nivel en una sola vida, si a él mismo le costó tantas vidas y esfuerzos el conseguirlo. Deberá conformarse con que aprenda hasta donde le es dado a su capacidad o a su voluntad. Debe recordar que, en algún momento, su evolución estuvo en ese mismo nivel, y alguien más avanzado que él estuvo a su lado, soportando sus actitudes egoístas.

¿Y si supera todo esto?
Se enfrenta a lo más difícil. Le falta todavía alcanzar la humildad y el desapego, es decir, la generosidad a la hora de compartir los sentimientos, objetivos que corresponde superar en la etapa de la soberbia.
El espíritu soberbio es un espíritu ya muy avanzado respecto a la media, y por ello es escaso en vuestro joven planeta. Se trata mayoritariamente de espíritus originarios de otros planetas más avanzados, que llevan más tiempo evolucionando. Quizás superen en muchos milenios la edad espiritual de la media del planeta. Al estar sus planetas más avanzados, prácticamente no existen en ellos ni la injusticia ni la ingratitud, con lo cual estos espíritus no encuentran circunstancias adversas que despierten su defecto. Vienen a este planeta precisamente porque se trata de un ambiente propicio para la manifestación de su defecto. Al ser la Tierra un planeta donde la injusticia y la ingratitud se dan en abundancia, estos espíritus se ponen a prueba en su defecto y voluntad.
Y así, a través de pruebas más duras, logran avanzar más rápidamente.
En sus encarnaciones en planetas menos avanzados suelen elegir desempeñar misiones de ayuda espiritual a los demás, por su gran capacidad, y porque así se ejercitan en la ayuda a los demás, lo cual necesitan para vencer su falta de humildad y su dificultad en compartir los sentimientos.

Toda esta exposición me ha generado un montón de preguntas más que me gustaría exponerte y que me fueras aclarando. Tienen que ver sobre todo con las emociones, los sentimientos, las diferentes manifestaciones del egoísmo que has presentado (vanidad, orgullo, soberbia). Me gustaría conocer algo más de ellas.
Adelante, pregunta.

Antes has dicho que el sentimiento y el pensamiento tienen origen distinto y que el egoísmo procede de la mente. ¿Quieres decir con esto que pensar es malo en sí mismo?
En absoluto. Lo que he querido decir es que es necesario que aprendáis a distinguir entre lo que sentís y lo que pensáis, porque a través de la mente es por donde se filtran al espíritu los pensamientos egoístas que os acaban confundiendo. El pensamiento no es malo en sí mismo. Sólo cuando oprime al sentimiento. Cuando el pensamiento está en armonía con lo que se siente es un valioso instrumento al servicio del sentimiento, para que el sentimiento se transforme en acto amoroso. El problema de vuestro mundo es que se os ha enseñado a pensar sin sentir y, si el pensamiento no tiene la inspiración del sentimiento, se pone al servicio del egoísmo. La evolución en el amor también pasa por aprender a modelar el pensamiento con la voluntad del sentimiento, y no con la del egoísmo.

No acabo de entender lo que quieres decir, ¿podrías exponer un ejemplo?
Claro. Imagina que ves a una persona muy querida, que tú eres hombre y que ella es mujer, y que hace un tiempo que no la ves. El sentimiento que tienes por esta persona te hace experimentar alegría y necesidad de expresarle cuánto la quieres, dándole un abrazo. Sin embargo imagina que estás al lado de personas con prejuicios sexistas, que no encajan las relaciones de amistad profunda entre personas de diferente sexo y que luego sabes que os van a criticar y calumniar. Al ser consciente de este inconveniente cambias tu decisión y reprimes tus sentimientos, de manera que al ver a la persona querida manifiestas indiferencia por temor al qué dirán, y sólo le das la mano de forma correcta.
En este caso el pensamiento, motivado por el análisis mental de la situación, ha cambiado el sentimiento, es decir, lo ha reprimido, ya que el sentimiento inicial era de alegría y tras la reflexión mental ha quedado en indiferencia. Este es un ejemplo de cómo el pensamiento oprime al sentimiento.

Pero entiendo yo que en la situación que has expuesto también hay que ser prudente, porque si quieres a la persona la puedes meter en un lío cuando te expones innecesariamente. Puedes buscar un momento más adecuando en un ambiente menos inquisitorio para hacer lo que sientes.
Ciertamente. Ser prudente es una virtud. La prudencia hay que ponerla para respetar el libre albedrío de los demás, porque muchas veces nuestras opiniones no van a ser entendidas o respetadas. Pero hay que intentar tener cuidado de no disfrazar el miedo con la prudencia. La prudencia modera la manifestación cuando las circunstancias no son propicias, pero no ahoga el sentimiento. El miedo sí. Si el miedo se apodera de la persona, ésta reprimirá la expresión de los sentimientos, incluso en situaciones en las que no haya una amenaza o circunstancia adversa real, porque esa amenaza ya se encarga el miedo de convertirla en realidad en la mente. La represión empieza en el momento en que uno se inhibe de tomar decisiones respecto a su propia vida por miedo a la reacción de los demás.

¿Y de dónde vienen esos condicionamientos mentales que reprimen los sentimientos?
Una parte procede del egoísmo propio y la otra de la educación recibida desde la infancia, que en vuestro planeta es fuertemente represiva con los sentimientos. Durante mucho tiempo, vuestra forma de educar ha puesto el énfasis en el desarrollo de la mente, y se ha utilizado a la propia mente para que reprima el desarrollo de los sentimientos. Los niños vienen a este mundo abiertos de par en par para manifestarse tal y como son, con un gran potencial para sentir y expresar sus sentimientos. 
Pero ya desde pequeños son condicionados para que experimenten apego en vez de amor, para que repriman los sentimientos, la alegría, la espontaneidad y para que se sientan culpables cada vez que experimenten algo de felicidad. ¿Qué es lo que se les ha enseñado a los niños durante generaciones? Que el buen hijo es aquel que es obediente, un esclavo de la voluntad de los padres, los profesores, los adultos, y de las normas y conveniencias sociales.
¿Cuántas veces cuando el niño pregunta por qué ha de hacer algo que no comprende se le ha respondido: “porque yo lo digo, que soy tu padre y punto”? Y si los padres están amargados, entonces el hijo ha de cargar con esa amargura. Muchas órdenes, mucha rigidez y poca libertad. Está mal todo aquello que se hace sin haber preguntado a los padres, o a los adultos. Está mal si se ríen, está mal si lloran, está mal si hablan, o si se callan cuando los padres no lo han autorizado. “Sólo has de relacionarte con quien yo diga, querer a quien yo diga, hacer lo que yo diga. Es por tu bien” te dicen. En las sociedades fuertemente religiosas, todo es pecado. Es pecado manifestar cualquier expresión de alegría, de afecto, como un abrazo o un beso. En todo ello siempre se ve algo pecaminoso, obsceno, oscuro, diabólico y uno se ha de sentir culpable de ser feliz. Se convierte a la víctima en verdugo, al inocente en culpable. Por lo tanto, el niño llega a la conclusión de que la única forma de no sufrir es reprimir los sentimientos. Aprende a dar una imagen al mundo, la imagen de lo que los demás quieren de él, pero que en realidad no tiene mucho que ver con su propio yo. Y ocurre que el condicionamiento es tan fuerte, el fingimiento es tan continuo, que
cuando llega la etapa adulta uno se cree que es lo que ha fingido ser.
La mayoría de niños, cuando se hacen adultos llegan a la conclusión inconsciente de que no pueden ser queridos tal y conforme son, sino que siempre han de hacer algún merito para recibir un poco de amor.
Es decir, que se les enseña a creer en el apego, en el falso amor, posesivo, condicional, forzado, interesado, y se les hace renunciar al amor incondicional, libre, espontáneo. La consecuencia de ello es que hay poca gente que crea en el amor y que viva en el amor, que experimente, aunque sea un poquito, la felicidad que emana de él. Y en ausencia de amor, el egoísmo y todas sus manifestaciones más funestas campan a sus anchas. A pocos de los malhechores de vuestro mundo encontrareis que hayan sido queridos cuando fueron niños. ¿Por qué si hay un mandamiento que dice “honrarás a tu madre y a tu padre”, no hay otro que diga “honrarás a tus hijos”? Muchos males de vuestro mundo se resolverían queriendo a los niños, porque los niños no han puesto todavía corazas a los sentimientos. Amarían y se dejarían amar. Amad a vuestros niños durante una generación y vuestro mundo se transformará en un paraíso en menos de un siglo.

¿Quieres decir con esto que hay gente que, aunque es conocedora de los sentimientos, es decir, aunque es capaz de amar, se reprime, y aparece ante los demás como alguien frío, sin sentimiento?
Así es. Mucha gente es dura porque tiene miedo a sufrir, a que se descubra su debilidad, que es la falta de amor. Y por ello se cubre de capas, de corazas, como un caballero medieval con armadura. Y de este modo se sufre por no querer sufrir. Se sufre porque se evita el sentir, que es lo que uno necesita para ser feliz, amar y ser amado. ¿Por qué crees que hay tanta gente que tiene miedo a la soledad? Porque en realidad tienen miedo de enfrentarse a sí mismos, miedo de descubrir la gran verdad: “Estoy vacío”. Y por eso la gente huye de sí misma, refugiándose en objetivos materiales, mentales, que le generen muchos quebraderos de cabeza o recurriendo a divertimentos que hiperestimulen la mente, para así tener una excusa para no dar nunca con la verdadera respuesta. Para que la mente hable tanto y tan fuerte que acalle la voz del sentimiento.
Pero es imposible acallar la voz de la conciencia para siempre y en algún momento la mente se descuida, o se bloquea por algún acontecimiento imprevisto o traumático, y la voz del interior vuelve a clamar: “Estoy vacío. Estoy vacío porque no siento. Porque yo no soy como manifiesto ser. Estoy siendo una fachada, una apariencia. He renunciado a ser yo mismo, un ser que quiere amar y necesita ser amado, y soy desgraciado por ello” Y cuando se toma conciencia de la realidad puede ser doloroso, impactante. En ese momento muchos buscan la forma de justificar la actitud que tomaron respecto a la anulación de sus necesidades afectivas, creyendo equivocadamente que si echan tierra sobre el asunto van a sufrir menos y todo volverá a la normalidad.
“¡Qué mal me ha tratado la vida! ¡Con qué gente más mala me ha tocado vivir! ¡Ni mis padres me quisieron! ¿Por qué tengo yo que ser mejor?” -se dicen. Y la ira, el rencor, la desconfianza, la tristeza y la soledad, les consumen por dentro. Y si tienen hijos, se vengan en ellos de todas sus frustraciones, “para que aprendan lo que es la vida”, se dicen, intentando justificarse, porque los niños son débiles y se dejan. Y entonces la tuerca vuelve a dar un nuevo giro hacia el desamor.

Pero es muy comprensible que alguien que haya sufrido mucho en la vida llegue a la conclusión de que nada merece la pena ¿no?
Es cierto que la vida puede ser muy dura y que quien decida luchar por sentir tendrá muchas trabas, por la incomprensión de los demás, y eso le hará sufrir. Pero será un sufrimiento externo, provocado por las circunstancias, que merecerá la pena si la persona, a pesar de todo, consigue sentir y amar. Pero el sufrir por evitar sentir es un sufrimiento interno que se provoca uno mismo y es un sufrimiento estéril, ya que no sirve para avanzar en el sentir y el amar. Todo lo contrario. Puede provocar mucho sufrimiento y dolor porque, imbuido uno en el dolor, se siente con justificación para causar dolor a los demás, o ni siquiera se para a pensar en el daño que puede estar haciendo.

Ya pero cuando alguien está acostumbrado a vivir en el dolor, el dolor parece lo más normal. Porque mucha gente se preguntará: ¿Soy yo capaz de superar el dolor, soy yo capaz de amar?
Y yo me pregunto si no habrá alguien que diga: “Mira: todo este sufrimiento que he vivido no lo quiero más. Ni para mí ni para los demás.
Ya he aprendido algo de la vida. Todo aquello que a mí me hicieron y que me hizo sufrir voy a evitar hacérselo a los demás. Todo el amor que necesité de mis padres y que no me dieron se lo voy a dar yo a mis hijos, a mis allegados, a todo el que se presente en mi vida”. Y sólo con la voluntad de cambiar y con la fuerza del sentimiento, la vida de uno dará un vuelco, y se romperán los lazos del odio. Y la tuerca que estaba apretada comenzará a aflojarse, y desandará una y otra vuelta del tornillo del desamor hasta que al final se libere totalmente. Y si todos los que viven en el dolor y el desamor tomaran una decisión semejante, el mundo cambiaría en una generación. La generación de los niños que fueron queridos por sus padres, la de los niños que no se pusieron corazas para evitar que les hicieran daño, la de los niños que no tienen miedo a amar, porque fueron criados en el amor.
Como ya he dicho, la capacidad de amar es una cualidad innata del espíritu. Por lo tanto, todos la tenemos. Sólo necesitamos descubrirla y desarrollarla. Confiad en que esto es así y será. Y como ya dije, no sólo se trata de amar a los demás: hay que empezar por amarse uno mismo.

Pero, ¿qué es amarse a uno mismo?
Ya lo he dicho. Amarse a uno mismo es reconocer las necesidades afectivas propias, los sentimientos, y desarrollarlos para que sean el motor de nuestra vida.

¿Entonces es bueno quererse a uno mismo?
Por supuesto que sí. La autoestima es necesaria para ser feliz.
Nuevamente lo repito: a lo que uno tiene que renunciar es al egoísmo, no al amor. Si uno no se quiere a sí mismo, ¿de dónde sacará la fuerza y la voluntad necesarias para amar a los demás?. Vivir sin sentir es casi como estar muerto. Por ello muchas de las personas que viven sin sentir desean morir, porque albergan la falsa esperanza de que al morir se acabará su suplicio y así ellas mismas inician el proceso de autodestrucción de su cuerpo que llamáis enfermedad. Muchas enfermedades provienen de que la persona es incapaz de amarse a sí misma. Son aquellas personas con un nivel de autoestima muy bajo las más propensas a tener enfermedades del sistema inmunitario, como leucemias, linfomas y enfermedades autoinmunes. Estas últimas, las enfermedades autoinmunes, tienen que ver además con un sentimiento de culpa muy arraigado. Estas personas están tan deprimidas que difícilmente podrán darse a los demás. 
Primero tendrán que resolver su falta de autoestima.

Entonces, ¿cuáles son los pasos a seguir para amarse uno mismo?
Primero, reconoced las necesidades afectivas propias, los sentimientos, y permitid que afloren para que toméis conciencia de que existen. Es decir, dejad de reprimirlos y pasad a desarrollarlos, para que sean el motivo de vuestra vida. Segundo, a la hora de actuar, hacedlo por lo que sintáis y no por lo que penséis, no por lo que os han enseñado que es correcto, si esto va en contra de lo que sentís. No permitáis que vuestros pensamientos, que están condicionados por multitud de razones, ahoguen vuestros sentimientos.
Mucha gente se preguntará si merece la pena dar ese paso.
Os aseguro que merece la pena, porque a medida que actuéis conforme a vuestros sentimientos comenzareis a experimentar un poco de lo que es la auténtica felicidad, la felicidad del interior, que sólo da el amor. También así evolucionaréis espiritualmente. Jamás renunciéis a vuestros sentimientos, porque es lo único por lo que merece la pena luchar y vivir. El principio es lo que más cuesta, porque la tuerca puede estar muy apretada. Habrá que poner mucha fuerza de voluntad, hasta que la tuerca empiece a ceder. Pero luego el camino se suavizará y los sentimientos que vayáis experimentando llenarán vuestro interior (¡¡de amor, sí!!) como jamás habíais sentido antes, y esto os dará fuerzas para continuar.

¿Y qué hay que hacer para amar a los demás?
Intentad ver a los demás como a vosotros mismos. Sed conscientes de que son hermanos, de la misma esencia y con las mismas necesidades del interior que vosotros. Todos tenemos las mismas capacidades y todos necesitamos amar y ser amados en completa libertad para ser felices. Si yo tengo sed después de estar caminando un buen trecho bajo un sol de justicia sin haber podido beber, ¿no ha de ocurrir que cualquiera en esas mismas circunstancias sentirá más o menos el mismo deseo de beber que yo? Pues con el amor ocurre lo mismo que con el agua.
Todos sufrimos cuando se nos priva del amor y todos nos reconfortamos cuando se nos da. Por lo tanto, si observamos a alguien que está sediento de sentimiento, vayamos a darle de beber amor, al igual que cuando nosotros estuvimos sedientos de amor, hubo otros que nos dieron de beber.

Pero, ¿y si a pesar de nuestra buena intención hacia los demás recibimos ingratitud, desprecio o burla a cambio?
Cuando alguien os haga daño comprended que es por falta de evolución en el amor y que esta circunstancia la hemos de aprovechar para mejorarnos a nosotros mismos, porque seguramente si despierta algo negativo en nosotros es porque ese algo negativo todavía está en nuestro interior y debemos trabajar para eliminarlo. Como ya he dicho, hasta que el amor no se dé de forma incondicional, no podemos considerar el trabajo concluido, y el que encaja mal la ingratitud todavía no ha llegado a la meta, ya que en cierta forma todavía espera algo a cambio de lo que da.
Y alguien dirá, “¡Buf! Qué difícil es eso, porque si yo decido cambiar pero los demás van a seguir igual, ¡cuántos golpes voy a recibir! No sé si merece la pena”.
Y yo pregunto ¿no es mejor que a uno le intenten dar golpes que uno pueda intentar esquivar, a que los golpes se los dé uno mismo? Porque la gente que vive en el desamor es la que se está golpeando a sí misma y la que impide que nadie se acerque para quererla.

Lo que dices tiene sentido. Sin embargo me siguen surgiendo dudas.
Exponlas libremente.

Antes has remarcado la importancia de no reprimir los sentimientos, de que hay que expresarlos. Pero por otro lado hablas de la importancia de tener en cuenta las necesidades afectivas y los sentimientos de los demás. Y aquí va la pregunta: ¿No ocurre que hay sentimientos negativos como el odio, la rabia, la ira o el rencor que si los exteriorizamos pueden dañar a los demás? ¿Cómo se pueden exteriorizar los sentimientos sin hacer daño a los demás al mismo tiempo? ¿No son ambas acciones contradictorias entre sí?
Conforme tú lo has enfocado resulta una contradicción. De nuevo es necesario que aclaremos los conceptos para no generar confusión por un problema de insuficiencia del lenguaje, que utiliza la misma palabra, la de sentimiento, para definir cosas que son totalmente opuestas.
Cuando yo antes hablaba de que hay que dejarse llevar por los sentimientos, me refería a los sentimientos que nacen del amor, que para distinguirlos habría que llamarlos amosentimientos, que siempre son positivos, claro. Los que nacen del egoísmo, o de la lucha entre el amor y el egoísmo, aquellos que hemos llamado sentimientos negativos o egosentimientos son otra cosa, por lo que hay que tratarlos de forma diferente (hablaremos de ello más adelante). Ciertamente, hay que evitar dejarse llevar por ellos porque podemos hacer mucho daño a los demás. En cualquier caso, el reprimirlos no conduce a nada. Sólo a que nos hagan daño por dentro.

¿Podrías mencionar alguno de esos egosentimientos?
Algunos ya los hemos mencionado cuando hemos hablado sobre la vanidad, el orgullo y la soberbia, porque son manifestaciones del egoísmo. Pero ahora los trataremos con mayor profundidad, sobre todo los que son más complejos y confusos de comprender, como el apego.
Estos son los más importantes:
a) Avaricia, codicia, lascivia, odio, agresividad, envidia.
b) Apego, absorbencia, celos, ira, rencor, impotencia, lujuria, culpabilidad, miedo, tristeza.

Todo esto me recuerda a los siete pecados capitales, ¿tiene algo que ver?
No son pecados, sino manifestaciones del egoísmo, aunque cierto es que si uno se deja arrastrar por ellos puede llegar a cometer gran cantidad de actos contra la ley del amor, y la del libre albedrío, que tendrá que reparar.

¿Por qué los distingues en dos grupos?
Los primeros son manifestaciones del egoísmo más primitivas. En los segundos, aunque son también manifestaciones del egoísmo, hay un componente adicional, y es que ya hay implícito un conocimiento mayor de lo que son los sentimientos.

¿Podrías definir en qué consiste cada uno de esos egosentimientos para que me haga una idea más exacta?
Sí. Empecemos por la avaricia y el apego. Los analizaremos de forma conjunta porque, como veremos, el apego es una derivación avanzada de la avaricia.
Avaricia- Apego
La avaricia es el afán excesivo de acumular bienes materiales. La persona avariciosa es aquella que tiene mucho para dar, materialmente hablando, pero se niega a compartir lo que considera suyo con los demás. Cuando el espíritu avanza en el conocimiento de los sentimientos pero mantiene su incapacidad para compartir, la avaricia material se transforma en avaricia espiritual. La avaricia espiritual es el apego, o dificultad para compartir el cariño de las personas que son consideradas incorrectamente como propiedad de uno, por ejemplo, los hijos, la pareja, etc. El que sufre de apego sólo quiere querer a unos pocos y suele exigir que los demás hagan lo mismo. Hay mucha gente que equivocadamente cree que ama, y dice que sufre mucho porque ama mucho, cuando en realidad lo que le ocurre es que sufre de apego y por apego.
Sólo cuando el espíritu avanza comienza a reconocer la diferencia entre amor y apego.

¿Puedes explicar la diferencia entre amor y apego?
Sí. Cuando uno ama procura respetar el libre albedrío de la persona querida y el suyo propio. Intenta hacer lo posible para que la persona querida sea libre y feliz, aunque ello implique renunciar a estar con esa persona. En el caso del apego, la persona que lo padece está pensando más en satisfacer su propio egoísmo que en el bienestar de la persona querida. Por ello tiene tendencia a vulnerar el libre albedrío de la persona a la que supuestamente quiere, reteniéndola a su lado en contra de su voluntad o coaccionándola para que haga lo que uno quiere, obstaculizando al máximo las relaciones con otros seres, a los que considera su “competencia”. Aquel que ama de verdad no es posesivo con la persona amada, ni se molesta porque la persona amada quiera también a otras personas. Puede que el apego se agote, pero el amor verdadero, el amor auténtico, no se gasta. Por querer cada vez a más personas no significa que se quiera menos al resto. Pero el apego nos hace creer que sí. Que lo que se le da a los demás se nos quita a nosotros. El que siente apego exige, obliga y fuerza los sentimientos. Siempre espera algo a cambio de lo que hace. Está muy pendiente de exigir, de recibir y sólo da por interés, a condición de que se le dé primero lo que ha pedido. 

También por apego uno puede vulnerar su propio libre albedrío y obligarse a hacer cosas que no siente.
El que siente auténtico amor da incondicionalmente y deja libertad a los sentimientos. No obliga, ni fuerza, ni exige nada a cambio de la persona a la que ama.

Me vendría bien algún ejemplo que me aclarara las diferencias.
Vale. Imagina que dos personas que dicen amar a los pájaros, se encuentran.
La primera los tiene alojados en bellas jaulas doradas, en una habitación climatizada. Les da pienso de alta calidad y agua de manantial embotellada, y los lleva al veterinario periódicamente. La segunda simplemente les lleva comida al parque, los acaricia cuando se posan y les atiende cuando están heridos y no pueden volar.
La primera persona dice: ¡Cuánto quiero a mis pájaros! Me gasto una fortuna en ellos para que tengan todas las comodidades que no tendrían si vivieran salvajes! ¡Pero me duran tan poco! Siempre están enfermos y por mucho que me gasto en medicamentos y en veterinarios se mueren prematuramente. ¡Cuánto me hacen sufrir! ¿Qué puedo hacer?
La segunda persona dice: Los pájaros que yo cuido no me pertenecen.
No están encerrados en jaulas, sino que viven en libertad. Soy feliz porque sé que ellos no están conmigo obligados por los barrotes de una jaula, sino porque lo han elegido libremente. Soy feliz porque los veo vivir
conforme ellos quieren, volando en libertad. Sus pájaros, amigo mío, se mueren de pena, porque no son libres. Abra sus jaulas para que puedan volar en libertad y vivirán porque serán libres, porque serán felices.
El primero responde: ¡Es que si les abro la jaula se escaparán y ya no los volveré a ver!
El segundo responde: Si se escapan es porque han estado retenidos en contra de su voluntad y se alejan de lo que para ellos es una vida de esclavitud. Mis pájaros no huyen de mí, porque saben que son libres de ir y venir cuando les plazca. Al contrario, cuando me ven llegar al parque acuden inmediatamente, me rodean y se posan sobre mí.
El primero dice: Lo que usted tiene es lo que yo deseo. Que mis pájaros me quieran.
El segundo dice: Lo que usted quiere jamás lo obtendrá por la fuerza. Les ha colmado de comodidades para intentar compensarles de la carencia de lo que más ansían: volar en libertad. Si realmente les quiere, deje que vivan su vida en libertad.

¿Quién es el que ama y quién es el que siente apego?
Siente apego el que quiere al pájaro enjaulado. Siente amor el que quiere al pájaro libre.

¿Me puedes poner un ejemplo de cómo se vulnera el libre albedrío de otra persona a través del apego?
Sí. Hay apego en la madre que retiene a los hijos a su lado cuando éstos ya son mayores y quieren independizarse por diferentes motivos, bien porque han encontrado una pareja, o porque desean estudiar o trabajar lejos del hogar, etcétera. La madre que tiene apego intentará imponer su necesidad de estar con ellos, no respetando que ellos quieran vivir su vida de forma independiente y, de no conseguirlo, se sentirá emocionalmente herida y llegará a decir incluso que sus hijos no la quieren, intentando hacerlos sentir culpables para tratar de retenerlos a su lado. Hay apego en el padre que exige que sus hijos se dediquen a tal o cual profesión, que deben estudiar tal o cual carrera, si no, serán desheredados. Hay apego en el novio que le dice a su novia la ropa que puede y no puede ponerse, a qué hora debe entrar y salir de casa, con quién puede y no puede relacionarse. Este falso amor, el apego, es como una cadena, una jaula que aprisiona al ser objeto del apego, convirtiendo en carcelero al que se deja llevar por él, porque, como la persona que tenía enjaulados a los pájaros, el que sufre de apego, ni vive ni deja vivir.

Me ha parecido lógico que dijeras que por apego uno vulnera el libre albedrío de los demás, pero me ha sorprendido que dijeras que por el apego uno puede vulnerar su propio libre albedrío. ¿Me puedes poner un ejemplo de cómo se vulnera el propio libre albedrío cuando se siente apego?
Pues sí. Por ejemplo, la misma madre del ejemplo anterior, cuando se inhibe de realizar algo que su interior necesita, como por ejemplo, dedicar tiempo a ayudar a otras personas fuera de la familia, debido a que cree que al hacerlo desatiende a la suya propia, por ejemplo, a sus hijos, o a su marido. Si la persona no supera el apego se sentirá culpable cuando atienda los asuntos que le llenan interiormente, e incluso llegará a inhibirse de realizarlos por ese mismo sentimiento de culpabilidad.
Esta última manifestación de apego sí que me resulta sorprendente, ya que normalmente las personas que están muy volcadas en la familia suelen ser consideradas personas muy amorosas.
Ya. Es porque el apego está muy arraigado dentro de vuestra cultura y se confunde a menudo con el amor. Mucha gente, debido a la educación que ha recibido, lo tiene tan arraigado que lo ha interiorizarlo como algo propio de su personalidad. A la mujer se le hace sentir culpable cuando no está el 100% del tiempo dedicada a su marido, a sus hijos o al trabajo, y cuando dedica tiempo a personas fuera de su familia se expone a ser objeto de habladurías por parte incluso de personas de su propia familia que dicen mirar por su bien, que intentarán hacerle sentir culpable con comentarios del tipo “Quieres más a esa gente que a los de tu propia familia”, o “¿Qué se te ha perdido a ti por ahí? Tu sitio está aquí, con los tuyos”, o “¡Qué van a pensar de ti!”. Aunque el hombre ha dispuesto tradicionalmente de mayor libertad, no está exento ni de sentir el apego, ni de que los demás le culpabilicen por apego, cuando dedica tiempo a ayudar a otras personas que no son de su familia, de su círculo de amistades, de su pueblo o cultura, sobretodo si de ello no va a sacar ningún rendimiento económico.

Mañana Mas...

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