miércoles, 21 de mayo de 2014

Leyes Espirituales

AMOR VS EGOISMO 3º PARTE

Amor vs Egoismo 3º

Pero digo yo que, cuando uno se está dedicando a la familia, también habrá algo de amor ahí, ¿no?
Por supuesto. Una cosa no quita a la otra. Ya lo he dicho y lo repito: el amor verdadero no se gasta. Uno puede querer cada vez a más personas sin que por ello deje de querer a su familia. Pero a mayor capacidad de amar, mayor compromiso con un mayor número de personas, y el tiempo del que se dispone habrá que repartirlo entre más gente. Esto puede ser percibido por las personas que sufren de apego como que se les quiere menos, pero no es así.

¿Qué pasa con la familia cuando uno decide dar el cambio? ¿Acaso no desatiende a los suyos cuando empieza a pasar tiempo ayudando a los demás?
Mira, uno de los obstáculos más fuertes que va a tener alguien que quiere empezar a cambiar, a reunirse con otras personas para hablar del interior, es que su entorno no lo va a entender y van a jugar con el sentimiento de culpa por no atender las obligaciones familiares. Fijaos y veréis que cuando una persona quiere ir a ver un partido de fútbol a la semana, que dura dos horas, que encima cuesta dinero, o bien a una discoteca o un bar, la persona no siente que abandona a la familia. Sin embargo, si la misma persona se va a hablar dos horas a la semana sobre el interior, para ayudarse sí misma o a los demás, entonces le ponen mil y una pegas, y uno se siente culpable, creyendo que abandona a la familia. Esto es por culpa del apego, es decir, de la dificultad en compartir. El apego no es amor y, si no vencéis este obstáculo, os quedaréis estancados.

¿Entonces la familia puede ser un obstáculo para el avance espiritual?
No. Lo que es un obstáculo es la incomprensión de los espíritus que no quieren avanzar ni dejan avanzar a los demás, y que utilizan todas las armas a su alcance para conseguirlo, y para retener a los que quieren avanzar, incluso a quienes les unen los lazos de sangre, como la familia.
Para el que vive en una familia comprensiva, la familia es un punto de apoyo para desarrollarse espiritualmente. Pero debido al escaso desarrollo de la humanidad terrestre, los que están dispuestos a emprender el despertar espiritual son minoría. Además, es muy difícil que, aunque en una misma familia haya varios espíritus afines dispuestos a luchar por avanzar espiritualmente, su despertar se dé simultáneamente. Por tanto, el pionero lo tendrá más difícil, pero es el que abrirá el camino a los demás. El propio Jesús tuvo que vencer este mismo problema, la incomprensión de su familia por apego. Le reprochaban constantemente que desatendía sus obligaciones familiares para atender sus asuntos espirituales, porque no lo comprendían. 

Le tachaban incluso de desequilibrado y le intentaron hacer sentir culpable, y más cuando José murió y él se tuvo que hacer cargo de la manutención de una numerosa prole. Pero no fue verdad, porque Jesús procuró materialmente por su madre y hermanos hasta que ellos pudieron valerse por sí mismos. Pero su misión era más extensa, con toda la familia humana. Esta falta de comprensión de la familia que vivió Jesús está reflejada en esta cita de los evangelios. “Entonces él (Jesús) dijo: "A un profeta se le respeta en todas partes, menos en su propio pueblo y en su propia familia”.

¿Pero es necesario renunciar a la familia para amar de forma incondicional?
¿Cómo puedes creer que el mundo espiritual exija a uno a renunciar a la familia, si precisamente es en el mundo espiritual donde se creó la familia como forma de estimular en el espíritu los primeros sentimientos? El amor de pareja y el amor entre padres e hijos son los primeros sentimientos que conoce el espíritu, y se desarrollan a partir del instinto de apareamiento y el de protección de los progenitores por sus cachorros. Lo único que os digo es que para avanzar en el amor hay que abrirse a compartir, a ampliar el concepto de familia, considerando como parte de ella a todo ser espiritual. Mirad: es imposible que haya una auténtica hermandad en la humanidad si uno establece categorías a la hora de amar: los de mi familia primero, los de mi pueblo primero, los de mi país primero, los de mi raza, cultura y religión primero. Y si me sobra algo, para los demás. Esto es una forma de egoísmo disfrazada, porque lo que se da es siempre a cambio de recibir algo, no de dar sin esperar nada a cambio. Por ello, a la hora de dar se establece un escalafón, que pone primero a los que nos pueden dar más, segundo a los que nos pueden dar menos y deja fuera a los que no nos pueden dar nada. Este comportamiento egoísta vulnera la ley del amor, por mucho que haya cierta gente que intente justificar la solidaridad sólo para abonados. En el momento en que tú excluyes a alguien del derecho a la solidaridad, esta palabra deja de tener sentido. Un ejemplo de hasta dónde se puede llegar con este tipo de egoísmo colectivo lo tenéis en el nazismo, que predicaba una supuesta solidaridad de raza, que se forjó a costa de suprimir y eliminar los derechos de las demás razas y creencias, y el libre albedrío de cada individuo.

Has hablado de que existe apego en la etapa de la vanidad y también en la de la soberbia. Parece que es un egosentimiento bastante difícil de superar.
Así es. El apego se inicia en la etapa de la vanidad y no se supera hasta el final de la etapa de la soberbia

¿Entonces no existe ningún avance respecto al apego a medida que se va avanzando espiritualmente, desde la vanidad a la soberbia, pasando por el orgullo?
Por supuesto que sí. Pero los avances siempre son graduales. Ni es de la misma intensidad ni se alimenta de lo mismo el apego en el vanidoso, que en el orgulloso y que en el soberbio. En el vanidoso el apego es mucho más intenso, menos respetuoso con el libre albedrío de los demás, por el escaso desarrollo del sentimiento, y se alimenta del deseo de ser complacido y atendido, y de la debilidad del vanidoso para avanzar por sí mismo. En el orgullo y la soberbia el apego es menos fuerte, ya que está siendo substituido paulatinamente por el amor, (hay una mezcla de ambos, amor y apego) y se alimenta del temor a no ser querido o del miedo a perder a los seres queridos.

¿Cómo se vencen la avaricia y el apego?
Lo contrario de la avaricia es la generosidad, es decir, que para vencer la avaricia hay que desarrollar la generosidad, tanto material como espiritual. La avaricia y el apego se vencen compartiendo lo que uno tiene con los demás, tanto a nivel material como espiritual.

Codicia-Absorbencia
La codicia es el deseo excesivo de querer poseer cada vez más (y aquello que se codicia pueden ser tanto bienes materiales como de cualquier otra entidad), aunque eso perjudique a otros. El codicioso es aquel que nunca está conforme con lo que tiene y quiere siempre lo que no tiene, también lo que tienen los demás, y no para hasta conseguirlo. Los codiciosos son espíritus derrochadores, porque no aprecian lo que tienen, y envidiosos porque siempre ansían poseer lo que tienen los demás. Cuando el espíritu pasa de la vanidad primaria a la vanidad avanzada, la codicia material se va transformando en codicia espiritual o absorbencia. 

Llamamos absorbencia a cuando la persona intenta, consciente o inconscientemente, atraer la atención de otras personas para satisfacción de sí misma, manipulando los sentimientos, para que los demás estén pendientes de ella el máximo tiempo posible, sin preocuparse de si de esta forma vulneran o fuerzan el libre albedrío de la persona a la que quieren absorber. Por ello, la persona dominada por la absorbencia tiene gran dificultad en respetar a los demás, ya que suele pensar sólo en sí misma. La persona absorbente busca llamar la atención a toda costa y suele utilizar el victimismo para conseguirlo. La absorbencia está muy relacionada con el apego y suele ocurrir que ambas formas de egoísmo se dan al mismo tiempo con intensidad semejante, es decir, el que sufre de apego suele ser absorbente. Los celos suelen ser muchas veces una mezcla de apego y absorbencia. A las personas codiciosas-absorbentes se les suele despertar la envidia, o sentimiento de animadversión hacia aquellos que poseen lo que uno desea y no tiene, y este objeto de deseo puede ser una posesión material en el codicioso o espiritual en el absorbente.

¿Entonces es incorrecto pedir que a uno le dediquen atención, porque necesita que le quieran, porque corremos el riesgo de ser absorbentes?
Al contrario. Todos necesitamos ser queridos. Es bueno admitirlo y pedir lo que necesitamos, ya que forma parte de la expresión de nuestros sentimientos.

¿Entonces, cuál es la frontera entre pedir que nos quieran y ser absorbentes?
Cuando se pide de forma sincera, sin obligar, sin engañar, sin manipular, no se es absorbente. Se es absorbente cuando se obliga, se engaña y manipula, en definitiva, cuando se vulnera el libre albedrío de los demás.
Además, muchas veces no se pide amor, sólo se pide una complacencia. El amor se ha de dar libremente, si no, no es amor, es obligación. Por tanto es incorrecto exigir que determinadas personas nos quieran, sólo porque nosotros creamos que nos deben querer o atender, porque son familiares o allegados y están obligados a ello.

¿Cómo evoluciona la absorbencia a medida que se va avanzando espiritualmente?
De manera semejante al apego. Como digo, la absorbencia se inicia en la etapa de la vanidad avanzada como una derivación de la codicia y no se supera totalmente hasta el final de la etapa de la soberbia. A medida que el espíritu adquiere mayor capacidad de amar se va llenando más con los propios sentimientos, volviéndose menos dependiente emocionalmente de los demás, con lo cual, ante el avance de la generosidad emocional, la absorbencia va perdiendo fuerza poco a poco. En el orgullo y la soberbia la absorbencia disminuye progresivamente.

Agresividad (odio, rencor, rabia, ira, impotencia, culpabilidad).
En el término agresividad incluimos todos aquellos egosentimientos relacionados con el impulso de agredir, de hacer daño, bien sea a los demás o a uno mismo, como el odio, el rencor, la rabia, la ira, la impotencia y la culpabilidad.

La agresividad se despierta generalmente motivada por un estímulo exterior, una circunstancia que la persona se toma como un ataque a sí mismo o un obstáculo que le impide satisfacer sus deseos o anhelos. Es una degeneración del instinto de supervivencia. La agresividad puede ser una manifestación de cualquiera de los defectos, pero la razón por la cual se despierta es diferente en cada uno de ellos. En el vanidoso, la agresividad se manifiesta cuando éste intenta llamar la atención o ser el centro de atención y no lo consigue, o satisfacer algún deseo y no se ve complacido, o doblegar alguna voluntad sin conseguirlo. Entonces recurre a la agresividad como una forma de imponer a los demás lo que busca. En el orgulloso y en el soberbio la agresividad se suele despertar de una manera más puntual pero con episodios que pueden ser más violentos. Se activa cuando no se les da la razón en algo de lo que están convencidos, cuando se sienten impotentes para solucionar alguna situación que no se resuelve conforme ellos quisieran, cuando se reprimen de hacer o expresar lo que sienten, o por haberse sentido heridos en sus sentimientos. Pueden ser más dañinos en estos episodios de ira que el vanidoso, porque tienen tendencia a acumular tensión y cuando pierden el control de sí mismos pueden explotar repentinamente. Podéis asemejar las distintas agresividades del vanidoso y orgulloso con aquellas de un león y un rinoceronte, respectivamente. El león es agresivo por propia naturaleza, ya que es carnívoro y se alimenta de carne de otros animales, con lo cual la agresividad es innata en él. Esta agresividad es como la del vanidoso.
Sin embargo, el rinoceronte es un animal herbívoro y no utiliza la violencia habitualmente, ya que no necesita cazar para alimentarse.
Sólo atacará en momentos muy puntuales cuando se siente amenazado o herido. Esta agresividad es como la del orgulloso. La agresividad del soberbio es semejante a la del orgulloso y únicamente se diferencia en el grado, ya que al soberbio es más difícil dañarle en sus sentimientos. Por tanto, también es más difícil que se le despierte la agresividad por este motivo. Pero si se le despierta, puede ser mucho más destructiva que en los demás.
Dentro de la agresividad podemos distinguir diferentes variantes, cada una de ellas con sus matices particulares, que van desde el odio hasta la impotencia, pasando por el rencor y la rabia.

El odio es una agresividad muy intensa y duradera dirigida hacia otros seres. Es el egosentimiento más primitivo y pernicioso que existe, el más dañino, el más alejado del amor. Es el sentimiento máximo de desunión, de rechazo hacia otros seres de la creación. El odio es propio de los seres más primitivos, menos avanzados, en el aprendizaje del amor. El que odia, llamémosle “odiante”, cree siempre que su odio está justificado, y que puede controlarlo, pero acabará cada vez odiando a más personas y sembrando la desunión entre aquellos que estén a su alcance. Las personas que se dejan arrastrar por el odio son violentas, injustas, fanáticas, despiadadas y destruyen todo lo que tocan. Ya que la gente normal les rehuye, para no sentirse solos buscan encontrar a otros como ellos. Los “odiantes”se suelen afiliar a movimientos radicales y violentos, basados en la justificación del odio a los que ellos consideran diferentes. Pero ese mismo odio acabará por destruirles, porque van acercando al espíritu cada vez más hacia la soledad, la desunión con los otros seres de la creación. Al fin y al cabo es lo que ellos querían.

La ira o enfado es una agresividad de corta duración, de mayor (ira) o menor (enfado) intensidad. La rabia y la impotencia son estados de agresividad interna más intensos y prolongados en el tiempo, activados por una circunstancia adversa que pueden ser dirigidos tanto contra los demás como contra uno mismo, en el caso de la impotencia, con la circunstancia agravante de la frustración de sentirse imposibilitado para cambiar el curso de los acontecimientos.

Las personas coléricas, irritables, es decir, a las que se les despierta la agresividad muy fácilmente, por cualquier motivo banal, suelen ser personas amargadas, insatisfechas consigo mismas y con su vida, que no quieren profundizar en el motivo verdadero de su malestar, por lo que buscan culpables fuera de ellos mismos para autoconvencerse de que es lo exterior y no lo interior el motivo de su malestar, por lo que sufren por no querer avanzar. Se despierta entonces el rencor. Cuando el sentimiento de agresividad y/o impotencia está dirigido hacia uno mismo estamos entrando en el terreno de la culpabilidad.

La acumulación de agresividad en uno mismo provoca grandes desequilibrios a nivel del cuerpo astral, que si se prolongan acaban provocando enfermedades físicas. Por ejemplo, el odio contenido provoca enfermedades del hígado y la vesícula biliar. La impotencia provoca trastornos digestivos. La rabia contenida y el rencor acumulados provocan problemas en la dentadura (dolor de muelas y caries). La agresividad contra uno mismo o culpabilidad provoca enfermedades autoinmunes.

¿De dónde viene el sentimiento de culpa o culpabilidad?
La culpa es un egosentimiento que procede de la lucha entre el espíritu y la mente, entre lo que se siente y lo que se piensa, cuando sentimiento y pensamiento entran en conflicto. En esto último, lo que se piensa, influye toda la educación recibida, incluidos los arquetipos y condicionamientos sociales, y el pensamiento egoísta. 

Uno se puede sentir culpable si actúa por lo que piensa, en contra de lo que siente.
Muchas veces esto implica actuar por egoísmo en contra del amor. Por ejemplo, puede despertarse la culpa cuando debido a una actuación egoísta promovida desde el pensamiento, el espíritu, a través de la conciencia, detecta que es incorrecta desde el punto de vista espiritual.

El espíritu censura a la mente, es decir, el sentimiento censura al pensamiento. En este caso, el sentimiento de culpa es positivo porque es un indicador de que la persona está evolucionando, ya que es capaz de reconocer su error. Pero también puede ocurrir lo contrario. Se puede sentir uno culpable por sentir lo que siente, y por dejarse llevar por el sentimiento, en vez de por el pensamiento. Entonces es la mente la que censura al espíritu, el pensamiento el que censura al sentimiento. Esto último ocurre cuando los prejuicios y los condicionamientos mentales son muy fuertes, haciéndonos creer que determinados sentimientos están mal o son incorrectos. Y es una pena, porque a consecuencia de ello la persona puede confundir lo bueno con lo malo, y llegar a concluir que el sentimiento es algo malo por los trastornos que le produce en su vida.
Este es un tipo de culpa muy negativa porque obstaculiza el progreso espiritual, el desarrollo del sentimiento.

¿Podrías poner un ejemplo de este segundo caso que me lo aclare mejor?
Sí. Imaginad que a una persona se le despierta un sentimiento de amor hacia otra. El impulso inicial es el de intentar acercarse a la persona por la que se ha despertado el sentimiento para manifestárselo. Esto sería actuar de acuerdo con lo que se siente. Sin embargo, puede ocurrir ahora que la mente analice el sentimiento de acuerdo con sus propios patrones, condicionados por toda la educación recibida, llena de prejuicios y prohibiciones, y genere una serie de pensamientos censurantes contra la manifestación del sentimiento. Por ejemplo, puede sugerir inconvenientes que supuestamente van a afectar a que esa posible relación funcione (la diferencia de edad, de raza, de clase social, de religión, de creencia, de gustos y aficiones, etc), o puede alimentar el miedo al rechazo (“ella no siente lo mismo, te va a decir que no, vas a hacer el ridículo, o ¿qué va a pensar de ti?”). Si el pensamiento puede sobre el sentimiento y la persona se inhibe de hacer lo que siente a causa de lo que piensa, vivirá reprimida y se sentirá culpable de no hacer lo que siente. Si la persona se deja llevar por lo que siente pero no ha modificado completamente su pensamiento para adaptarlo a su sentimiento, entonces le vendrán momentos de duda en los que los pensamientos volverán a atacarle y le harán sentirse culpable por haber hecho lo que siente y no lo que piensa.

¿Y cómo se puede vencer el sentimiento de culpabilidad?
Cuando la culpa se despierta a raíz del reconocimiento de una actitud egoísta, en vez de hundirse y deprimirse, lo que debe hacerse es actuar activamente para evitar que se produzca nuevamente, y para reparar en la medida de lo posible aquello negativo que se hizo, empezando, por ejemplo, por pedir perdón a la persona a la que se hizo daño.
Entonces el sentimiento de culpa desaparecerá.
En el caso en que se despierte cuando uno actúa por lo que piensa en contra de lo que siente, la culpabilidad se vence primero tomando conciencia de que uno no está actuando de acuerdo con sus sentimientos, y segundo teniendo la valentía de empezar a hacerlo, a vivir conforme lo que siente, rompiendo con los esquemas mentales represivos que le impiden hacerlo. La persona que se encuentra a mitad de ese camino, es decir, que ha comenzado a vivir y actuar por lo que siente, pero todavía tienen fuerza en ella los condicionamientos mentales, los cuales le atormentan para que desista en su intento, necesita mucha perseverancia, mucha confianza en lo que siente, y la firme voluntad de actuar de acuerdo con ello. Que sepa que si sufre no es por lo que siente sino por lo que piensa. Por tanto, debe modificar el pensamiento, no el sentimiento. Si se ve atacada por aquellos que no comprenden lo que siente, debe entender que se trata de personas que están atrapadas todavía por la mente egoísta y prejuiciosa, al igual que lo estuvo ella en el pasado. Deben tener paciencia y comprensión con ellas, pero no dejarse arrastrar por su influencia.

¿Y qué es el rencor?
El rencor es un odio atenuado a largo plazo, de efecto retardado, generalmente focalizado hacia alguna persona que nos contrarió o nos hizo daño, a la que se considera culpable o responsable de nuestros males. El episodio o episodios que despertaron la agresividad pueden haber ocurrido hace bastante tiempo. Pero la persona rencorosa guarda en su memoria dicho acto y lo utiliza para alimentar el impulso agresivo, esperando una ocasión para desquitarse, creyendo que de este modo conseguirá aliviar su malestar.

¿De dónde puede venir el rencor?
De la insatisfacción de no haber vivido conforme uno siente, de no haber realizado algo que quería hacer, de no asimilar alguna circunstancia difícil que le ha tocado vivir, o por haberse dejado arrastrar por los defectos de uno mismo (miedo, comodidad, falta de voluntad, incomprensión, dejadez, etc). Generalmente, el rencor se suele equivocadamente dirigir hacia las personas que han contribuido o colaborado a no haber vivido conforme uno sentía, hacia los que han puesto obstáculos para realizar algo que uno quería hacer o contra aquellos a los cuales considera los responsables de la circunstancia difícil que le ha tocado vivir.

¿Y cómo se puede vencer?
En vez de buscar culpables externos, intentemos tomar conciencia de dónde viene nuestro malestar interior y tengamos la valentía de modificar lo que no nos gusta de nuestra vida, a pesar de que esto nos pueda traer problemas añadidos. Intentemos comprender que ciertas circunstancias negativas que parecen una fatalidad del destino son a veces pruebas elegidas por nosotros mismos para superarnos en nuestros defectos, y para aumentar nuestra capacidad de amar incondicionalmente.

Ahora vuelvo a sacar una de las preguntas que te hice anteriormente. Si exteriorizamos sentimientos como el odio, la rabia, la ira o el rencor podemos dañar a los demás. Pero si nos los guardamos nos hacemos daño a nosotros mismos. ¿Entonces qué hacemos con ellos?
Atajarlos de raíz. Procurar trabajar para que no se despierten internamente. Tomar conciencia de que la agresividad no viene del exterior, sino del interior, que se nos despierta porque la llevamos en nosotros mismos, que es una manifestación más de nuestro egoísmo. Si se despierta porque no se nos reconocen nuestros méritos es porque todavía no hemos superado la vanidad. Si ocurre porque sufrimos algún episodio de ingratitud o calumnia es porque tenemos que superar el orgullo o la soberbia. Que la agresividad es algo que depende del interior y no del exterior se pone de manifiesto cuando vemos que hay personas capaces de soportar las mayores impertinencias, los mayores ataques, sin perder la paciencia ni la sonrisa, mientras que otras, por cualquier motivo banal, estallan en ataques de cólera incontrolada. Los primeros son aquellos que espiritualmente han avanzado en la erradicación de la agresividad de sí mismos. Los segundos apenas han empezado a trabajarla. No nos frustremos si no podemos cambiar el universo exterior, sobre el cual tenemos poco poder de acción.
Trabajemos por cambiar el universo interior sobre el cual tenemos todo el poder, y entonces lo que ocurra en el exterior dejará de ser motivo de enojo.

¿Cómo se supera la agresividad?
Primero, admitiendo que la tenemos, y segundo, intentando superarla a través de la comprensión.

¿Qué es lo que hay que comprender?
Comprendernos a nosotros mismos, comprender a los demás, comprender las circunstancias a las que nos enfrentamos. Comprender que a veces nos enfadamos porque no queremos admitir que estamos equivocados, o no queremos reconocer ciertas actitudes egoístas en nosotros mismos. Si la agresividad se nos activa porque nos reprimimos nuestras opiniones, trabajemos por expresarnos tal y conforme somos. Si se activa porque alguien nos hace daño, comprendamos que se debe a la falta de evolución de ese espíritu, que todavía está escasamente avanzado en el conocimiento del amor. Que en algún momento nosotros hemos podido estar en su misma situación, en ese estado de ignorancia espiritual, haciéndole a alguien lo que a nosotros nos están haciendo ahora, y que si esperamos comprensión hacia nosotros, hacia nuestros actos de egoísmo, también nosotros debemos adoptar una postura comprensiva respecto a los actos egoístas de los demás.
Comprender que muchas de las circunstancias adversas a las que nos enfrentamos no están ahí para fastidiarnos, sino para estimularnos en el aprendizaje del amor y la superación del egoísmo, y que muchas de
ellas las elegimos nosotros mismos antes de nacer. Y que otras, la mayoría, nos las hemos provocado nosotros mismos por nuestra rigidez, intolerancia, envidia, falta de respeto e incomprensión de las necesidades u opiniones de los demás.

Y si ya se nos ha activado la agresividad, ¿qué hacemos para liberarnos del malestar sin perjudicar a nadie?
Hay una forma de desahogo a través de la cual se libera el malestar sin dañar a los demás, que es exteriorizar cómo uno se siente, admitir lo que se le ha despertado, y exponer los motivos por los cuales se le ha despertado. Tendría que ser con alguien que no sea la persona con la que tenemos el problema, para evitar hacerle daño, preferentemente alguien que se caracterice por ser una persona pacífica, que no se deja llevar fácilmente por la agresividad, en la que además confiemos. Sólo con exteriorizar el malestar uno se sentirá aliviado, bastante liberado del malestar provocado por la agresividad, más sereno y razonable.
Posteriormente, cuando uno esté más tranquilo, ya puede intentar hablarle a la persona con la que tiene algún conflicto para buscar una solución. Pero debemos buscar la forma y el momento de hacerlo, nunca cuando estemos henchidos de ira o cólera, porque entonces podríamos hacer mucho daño, el mismo o más que el que nos han hecho a nosotros.

Tristeza, desesperanza, amargura, desesperación, resignación.
La tristeza es un estado emocional de abatimiento y decaimiento de la moral. Pasa con la tristeza que suele activarse por las mismas razones y circunstancias que la agresividad, pero cuando la persona es o está más sensible. Por ello es más difícil de detectar, porque resulta menos evidente que la tristeza pueda provenir del egoísmo. De hecho, los sentimientos de impotencia, culpabilidad y, en ocasiones, la rabia y la desesperación, son en realidad una mezcla de agresividad y tristeza. La tristeza puede aparecer cuando el ser desfallece, se desanima por no ver los resultados de su búsqueda, o por no ser estos resultados los que uno esperaba. 

Existen diversas variantes de la tristeza, cada una con sus peculiaridades. La amargura es una tristeza crónica, de larga duración, que no imposibilita realizar las tareas cotidianas de la vida, pero que está muy profundamente arraigada en el interior, es muy difícil de superar, y da la impresión de que la persona muere poco a poco de tristeza. Está muy relacionada con la desesperanza y la resignación, que son formas de tristeza caracterizadas por la falta de un motivo por el que luchar, por el que vivir, la segunda generalmente motivada por una circunstancia que la persona se resiste a asimilar. Un caso extremo de una tristeza aguda e intensa es la desesperación, que imposibilita a la persona realizar cualquier tarea normal de su vida y que la puede llevar a desequilibrarse psíquicamente y a cometer actos extremadamente perniciosos, como poner fin a su propia vida o a la de los demás.

No me esperaba que consideraras la tristeza como un sentimiento egoísta.
Pues lo es. Es muy normal que uno pueda sentirse triste de vez en cuando. Pero cuando la tristeza se convierte en un estado habitual de la persona, es una forma de estancamiento, porque la persona tira la toalla. La tristeza le sirve de excusa para no luchar por el avance espiritual.

¿Acaso hacemos algo malo a alguien cuando estamos tristes?
Nos hacemos daño a nosotros mismos e indirectamente a los demás, cuando por culpa de la tristeza nos desentendemos de hacer por los demás la parte que nos corresponde. Convivir con alguien que vive en la tristeza y la depresión es una circunstancia bastante desgastadora y, si no se tiene una gran fuerza de voluntad, es fácil que los que viven con alguien depresivo acaben contagiándose de ese estado de ánimo. Al igual que ocurre con la agresividad, también la tristeza acumulada puede provocar multitud de enfermedades. Hay mucha gente que enferma y muere de tristeza, y deja por terminar así las pruebas o misiones que tenía encomendadas en esa vida, al tiempo que abandona los compromisos de ayuda que tenía con otros espíritus, por ejemplo, padres o madres que al dejarse morir de tristeza abandonan a sus hijos.

¿Cómo vencer la tristeza?
Al ser agresividad y tristeza tan semejantes respecto a los motivos que las despiertan, la misma receta que propusimos para superar la agresividad puede aplicarse casi punto por punto para vencer la tristeza. La base de la superación de la tristeza es, por tanto, la comprensión. La comprensión con nosotros mismos, con los demás y con las circunstancias que nos han tocado vivir. Comprender que muchas de las circunstancias adversas a las que nos enfrentamos forman parte de un proceso de aprendizaje del amor, de superación del egoísmo, y que muchas de ellas las elegimos nosotros mismos antes de nacer. Y que otras nos las generamos nosotros mismos por falta de tolerancia, por rigidez e incomprensión hacia cómo son los demás. 

Debemos comprender que a veces nos ponemos tristes porque no queremos admitir que estamos equivocados, o no queremos reconocer ciertas actitudes egoístas en nosotros mismos. Si se activa porque alguien nos hace daño, intentemos comprender que se debe a la falta de evolución de ese espíritu, que todavía está escasamente avanzado en el conocimiento del amor. Si la tristeza se nos activa porque reprimimos nuestra forma de ser, porque anulamos nuestra voluntad, entonces luchemos para expresarnos tal y conforme somos y conseguiremos superar la tristeza.

La receta que das puede parecer una llamada a la resignación.
En absoluto. Comprensión y resignación son cosas totalmente contrarias.
El que se resigna es el que tira la toalla, el que renuncia a comprender, el que anula su voluntad. Ya nada le importa, pierde la ilusión por vivir, se deprime. Como he dicho, la resignación es también una forma de egoísmo relacionada con la tristeza. Es una manera de no luchar para no sufrir. Pero de esa forma se sufre más, aunque por motivos distintos. La comprensión es la que te da la clave para seguir luchando, seguir avanzado, manteniendo la ilusión y alegría por vivir, porque permite encontrar un sentido a aquello que antes no lo tenía.

¿Me puedes poner un ejemplo que ponga de manifiesto la diferencia entre resignación y comprensión?
La actitud frente a la muerte, por ejemplo. La actitud frente a la muerte de la mayoría de gente de vuestro mundo es de resignación, porque no buscáis comprender su significado. Durante la vida evitáis enfrentaros a
ella, eludiendo buscar una respuesta a vuestras inquietudes. Si os topáis con alguien que quiere hablar en serio sobre el tema os parece que se trata de un charlatán o un desequilibrado mental. En realidad, os da miedo y por ello esquiváis el tema, tan ocupados como estáis en vuestro día a día. No buscáis comprender, sólo evitar. Entonces sobreviene la muerte de un ser querido y os pilla por sorpresa. Es una situación que os provoca tristeza, amargura, rabia, impotencia. Finalmente, ante la imposibilidad de cambiar lo irremediable, os resignáis. El que se resigna es aquel que acepta algo porque no tiene otro remedio, pero al no comprender, vive amargado y sufre inútilmente. El que comprende que la muerte no existe, que es sólo una etapa de transición, en la que lo único que muere es un cuerpo, que su ser querido sigue viviendo, y que se va a volver a reunir tarde o temprano con él, ya no pierde la ilusión por la vida, sino que lucha con más fuerza para que cuando llegue el momento del reencuentro, lo haga en condiciones de disfrutar, porque no le ha quedado nada pendiente por hacer en el mundo material.

En los mundos avanzados, la comprensión del proceso de desencarnación hace que nadie sienta tristeza, desesperación o amargura cuando alguien muerte. Al contrario, sienten alegría de que un hermano vuelva al mundo espiritual, que es el auténtico hogar del espíritu.

Lascivia y lujuria.
La adicción al sexo puede ser una manifestación tanto de la vanidad como del orgullo. Las razones por las cuales una persona se adicciona al sexo son diferentes en un caso y en el otro. Por ello distinguiremos dos manifestaciones diferentes, la lascivia, propia de los vanidosos, y la lujuria, más propia de los orgullosos y soberbios. La lascivia es una propensión excesiva a los placeres sexuales. Para el vanidoso, la adicción al sexo tiene que ver con la necesidad de reconocimiento por parte de los demás. Es decir, el vanidoso espera que a través del sexo los demás le reconozcan, le admiren, le complazcan. Se inclinan excesivamente a los placeres sexuales como forma de satisfacerse a sí mismos, y raramente piensan en las necesidades de los demás.
Frecuentemente utilizan el sexo para absorber a otros seres, para someterlos a su voluntad, o para darse importancia. Cuando han saturado sus sentidos y se encuentran hastiados, buscan nuevos alicientes como forma de hiperexcitar mentalmente su deseo sexual, ya sea cambiar asiduamente de pareja, recurrir a formas de sexualidad degeneradas, como el sadismo y el masoquismo, o implicar en sus orgías a otros seres en contra de su voluntad.
En el caso del orgulloso, la adicción al sexo deriva de una necesidad o un vacío afectivo, por no haber encontrado a la persona querida y no admitirlo, o por reprimir o no querer reconocer los sentimientos de amor hacia una determinada persona. Es decir, el orgulloso realmente lo que necesita es ser querido y querer, pero el no reconocimiento o la represión de esta necesidad afectiva le hace refugiarse en el sexo como una válvula de escape. Es decir, suple la falta de amor con sexo. Por ello existe un apetito sexual excesivo e insatisfecho que no se llena en la relación sexual, puesto que el vacío que siente no es sexual, sino emocional. De ahí que busque más y más sexo, y pueda llegar a degeneraciones semejantes a las expuestas anteriormente, para intentar aplacar ese vacío, sin conseguirlo.

Mañana Mas...

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